El trapo rojo

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El trapo rojo se está convirtiendo en un símbolo de esta crisis. Nos recuerda que, de promesas, no vive el pueblo.

Dicen que en algunos barrios de Bogotá y de Medellín es ensordecedor el sonido de los cacerolazos. Miles de familias han roto la cuarentena en diferentes barrios populares para bajar a las calles desafiando las multas y sanciones. Dotados de ollas y de trapos rojos, en un emotivo símbolo de desesperación, claman la ayuda del Gobierno. Se están muriendo de hambre, literalmente.

Localidades enteras han pasado de la esperanza que generaron los anuncios de apoyos económicos y alimentarios a la más absoluta angustia. Las expectativas iniciales de barrios enteros, paulatinamente, se han tenido que enfrentar con una realidad bien distinta. No tienen con qué abastecerse y tampoco pueden salir a trabajar. Además de las contundentes restricciones impuestas por la cuarentena obligatoria, el rebusque diario ha venido palideciendo por la agonía misma de la economía informal. Vendedores ambulantes, jornaleros, trabajadores domésticos, empleados de pequeñas empresas, tramitadores; todos han quedado desamparados. En las grandes ciudades, hoy convertidas en capitales fantasma, el C-19 ahuyentó cualquier esperanza de normalidad para esos miles de colombianos que viven del día a día. Las calles ya no son ese mar de oportunidades que les permitía sobrellevar la angustia de la pobreza.

A lo anterior se suma la improvisación del gobierno nacional en la entrega de las ayudas y las sombras de desorden y corrupción en la distribución de los alimentos en diferentes municipios y departamentos. Nadie estaba listo para enfrentar una calamidad como la que se padece por estos días, pero tal vez, esta crisis ha puesto en evidencia lo precarias que son las capacidades de respuesta de la administración pública. Beneficiarios inexistentes, registro de cédulas adulteradas sin previa verificación con los órganos competentes, latas de atún a precios exorbitantes y mercados con consignas políticas, como si fuera legítimo jugar con el hambre y la desesperación de la gente con fines electorales. Han incluso sorprendido a alcaldes entregando ayudas a sus votantes, dejando desamparados a sus detractores. Muere con esto no sólo la democracia sino la confianza del pueblo en sus instituciones, esa confianza esquiva, que hoy tiene un valor intangible inmenso y de la cual dependerá, en gran medida, la superación de esta profunda crisis.

Como si fuera poco, comienza a circular información preocupante sobre la especulación y el aprovechamiento de la crisis para inflar los precios de los insumos médicos necesarios. Importadores que podrían traer mascarillas, pruebas e incluso ventiladores, están denunciando que las empresas enquistadas en el sector salud estarían pretendiendo sacarle provecho a la pandemia.

No existen modelos de medición basados en experiencias similares que permitan juzgar si la respuesta del gobierno ha sido o no satisfactoria. No cabe duda del empeño del presidente y de su gabinete para atender la crisis y sacar adelante a nuestro país. Las medidas de contención, al parecer, han sido satisfactorias y fueron tomadas con el tiempo necesario para evitar los costos inmensos que están soportando otros países menos responsables. Los sectores políticos, por su parte, han llamado a una gran unidad nacional; a no politizar la crisis y a rodear las instituciones. Sin embargo, mientras se paraliza cualquier atisbo de control político, la gente se sigue muriendo de hambre. Las dificultades también se han extendido a los mandatarios locales. Las escenas en Bogotá y Medellín parecen desafiar la efectividad de los planes de contingencia.

Además de las ineficiencias del sistema, cabe una reflexión final. Nuestra irrenunciable tradición santanderista nos lleva a pensar que con leyes y decretos se solucionan los problemas. Todos los días se expiden normas y reglamentaciones. Cada sector estima estar cubierto y, por momentos, la crisis parece solucionarse. Pero las quejas de la gente que ni lee los decretos, ni come de ellos, es que se quedan en eso… en papel. Los subsidios familiares anunciados demoraron más de lo esperado; la red de hospitales públicos, a pesar de las salvaguardas prometidas, señalan no haber recibido más recursos para siquiera proveer al personal de salud con la dotación mínima de protección; los alivios crediticios para las pequeñas y medianas empresas quedaron a merced de los bancos, es decir, nunca llegaron. Son muchas las dificultades, pero son tantas otras las afugias del pueblo. Se necesitan menos normas y más acción, menos anuncios y más resultados.   

El trapo rojo, entonces, se está convirtiendo en un símbolo de esta crisis. Demuestra el hambre y desesperanza de miles. Pero también es un importante recordatorio que, de promesas, no vive el pueblo. Urge que las medidas ejecutivas se traduzcan en soluciones tangibles. El hambre no da tregua.

Ñapa: El C-19 ha demostrado ser la cura contra la relección de Trump. A eso se suma el invaluable apoyo de Obama a Biden por la presidencia de los Estados Unidos. Parece despejarse la carrera demócrata hacia la Casa Blanca.

*Gabriel Cifuentes Ghidini, @gabocifuentes, Doctor en derecho penal, Universitá degli Studi di Roma, MPA, Harvard University, LLM, New York University, Master en Derecho, Universidad de los Andes.

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