Indemne amor

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En algún lugar del corazón se esconden las huellas que dejaron las personas que algún día logramos amar y nos marcan, y ella fue y será una de esas.

-“En la lejanía veo una silueta, bastante esbelta y de una cabellera despampanante, era ella, sí lo era.”-

Recuerdo que entraba el mes de mayo y una grande oleada de calor azotaba la ciudad, yo trabajaba día a día, entre la soledad que azotaba las paredes de la oficina, no se escuchaba una risa, ni si quiera un susurro, la rutina del día a día me consumía.

Me sentía cansado de recorrer esos pasillos vacíos, casi muertos de silencio, de vez en cuando me paseaba por las oficinas, y la veía a ella, tenía un aura encantadora, su cabello rizado que al exponerse al sol se veía castaño, la postura que la inmiscuía en medio de tantos papeles, sus senos voluptuosos, que de hecho un día de reojo pude ver uno de los botones en aquella camiseta blanca abrirse levemente, ese pantalón azul que resaltaba sus caderas, y ese rostro indemne que dibujaba una inocencia que fascinaba. Ese día estaba ahí sentada revisando unas carpetas con papeles sin importancia. De vez en cuando me encontraba con su mirada curiosa, y yo le lanzaba una que otra sonrisa piadosa para que no sintiese que pasaba desapercibida, siempre fui de esos hombres que no demuestran sus sentimientos, más bien me metía en el papel de macho alfa creyéndome más fuerte de lo que era, pero en realidad yo solo era un alma solitaria, de esas que beben café, y mantienen su rutina casi como una obra santa, no se cambia ni se altera.

Pero cuando la veía algo en mi corazón se estremecía, y lo que ella no sabía, era que en las noches veía sus fotos en el perfil social, en una de ellas vi por primera vez sus piernas, ya que tenía puesto un short no muy corto, pero que dejaba ver un poco de aquella belleza desnuda que me trasnochaba, solo de imaginarla se me revolvía el corazón y es que ella es de esas mujeres que poco se encuentran, además ese misterio que la envolvía me hacía desearla más. Recuerdo esa lluviosa noche como si fuese ayer, se quedó  arreglando unas flores que habían llegado de Medellín, era muy importante que quedara finiquitado todo el tema del arreglo ya que se trataba de un cliente bastante importante, permanecía ahí, tomando las rosas y las margaritas juntándolas con pequeños lazos de cinta dorada y a puño y letra grabando cada mensaje con una delicadeza perpetua, y aunque no era su área se ofreció a ayudarle un poco en las labores de su amiga, que por razones que desconozco salió casi que huyendo de su puesto de trabajo. Me fijé en la hora, eran las nueve de la noche y aún estábamos sin cena, soy de esos que llega muy temprano y se va muy tarde de su oficina así que me apresuré a pedir algo para los dos, y la invité a pasar, mientras llegaba lo que había pedido. De ahí iniciamos el interrogatorio de rutina, – “¿cómo estás? ¿Cómo van tus estudios? ¿Qué quieres llegar a ser?”- entre otras preguntas sin relevancia. Su mirada se centraba en mis ojos, y logré ver que yo le atraía, me quedé en silencio y puse una canción de fondo, uno de esos vallenatos del Binomio de oro que marcaron historia en el país, siendo esa una declaración silenciosa de cariño, se titulaba “Niña bonita”, estaba a volumen medio, pero rompió el hielo que había en el ambiente, tanto así que pude divisar el rojo de sus mejillas y la tenue sonrisa que dibujaba su rostro; llegó la cena por fin, moría de hambre, le pedí el favor de que sirviese para ambos, y como si fuese una experta en el asunto lo hizo, puso perfectamente cada cosa en su sitio como si estuviésemos en “Gram steach 44” uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad, cenamos en silencio, luego nos sentamos a reposar en el mueble central, platicamos de sus gustos, y de las prácticas que realizaba en la empresa, de hecho era un requisito que su universidad le exigía para poder aprobar el semestre, la veía súper cómoda expresando cada vivencia como si fuese su confesor más íntimo, me contó sus experiencias de vida, y la dolorosa niñez que le tocó vivir, el brillo en sus ojos cada vez que pronunciaba mi nombre me encantaba, llegaron las diez y era hora de marcharse, como una avalancha se lanzó entre mis brazos y le susurre al oído -“sueña conmigo “- me dio un beso en la mejilla como signo de despedida y su perfume quedo inundado en mi camisa blanca. La vi alejarse entre los oscuros pasillos y nunca había sentido una despedida tan larga como esa. Regrese a casa y la lluvia aun no cesaba, con temor de que su perfume desapareciera de mi camisa corrí hacia la entrada como un niño pequeño y ni si quiera tomé un baño al llegar, aun sentía sus brazos alrededor de mi cuello, y me mejilla sentía la sensación de aquel beso, ese beso que me robaría el sueño.

Me levanté de un soplo en la madrugada y medité sobre lo que estaba sucediendo, en ella veía algo que no logré ver en nadie más, oré y rogándole a Dios que me diera las fuerzas para avanzar, o que me diera una señal de impulso para ver si lo que estaba dispuesto hacer era lo correcto. Desperté muy temprano en la mañana, y me arreglé sabía que llegaba a las dos de la tarde, pero me preparé antes de su llegada, miraba con ansias el reloj y su manija aún no marcaban las dos, pasaron las  horas, y logré escuchar un leve taconeo por los pasillos, ahí estaba había llegado mi amada, inmediatamente postre mi mirada en sus ojos, y como si fuese conexión me miró, lanzó una sonrisa traviesa, doblé mis dedos índice y corazón, ese era nuestro santo y seña, dejó encima del escritorio las últimas carpetas que tenía que revisar, y como si se tratase de una obra de ballet recitada por Benjamin Britten en el gran teatro de Londres, caminó como si flotara, sin hacer un mínimo ruido, cerró la puerta a sus espaldas, se acercó a mí y le planté un efímero beso en su clavícula, su perfume era una de esas fragancias de París Hilton si mi sentido del olfato no me falla, era de flores con un toque cítrico, me enloqueció. Se sentó en diagonal y cruzó las dos piernas. 

– ¿Cómo estás Dayana? – musité; – muy bien – respondió cálidamente

Procedí a comentarle lo rutinario del día, intenté disimular mi mirada que se desviaba hacia el escote en v que ese día llevaba, necesitaba hablar con ella, necesitaba expresarle lo que hacía días atrás me estaba sucediendo, así que sin pensarlo la invité a salir a tomar aire, le dije exactamente dónde iba a encontrarme con ella y accedió. Tome deprisa las llaves del auto, y me embarque a su encuentro llegué justo a la entrada del cementerio central y procedí a sentarme en una banca en frente de la típica capilla que había en esos lugares, y ahí la vi llegar, enfundada en ese vestido rojo que me enloquecía, la vi caminar como si estuviese viendo una pasarela de Christian Dior, su cabello radiante y su rostro maquillado ligeramente le daban ese aire fresco que tanto la caracterizaba. Se sentó a mi lado, postró sus manos en mi rostro para darme un beso en la mejilla derecha, tuve el pensamiento de girarme y darle un beso en esos labios color carmín, pero me detuve, respondí a su beso, con valentía, procedí a confesarle mis sentimientos hacia ella, sentimientos que me atormentaban en las madrugadas, estaba decidido a saber si ella sentía lo mismo por mí, se sonrojó y me miró de reojo, 

– “Desde hace algún tiempo siento lo mismo, no sé si me habrás descubierto las miradas curiosas que te lanzaba cada que te podía ver por los pasillos, miraba tu rostro y una que otra noche te encontraba en mis sueños, te quiero y eso te hace especial en mi vida”- susurró con una voz dulce de niña pequeña, sabía que de una u otra forma podríamos consumar aquel amor que llevábamos guardando desde hacía ya mucho tiempo le dí un abrazo rompe huesos y sentí una de sus lágrimas caer por mi hombro. Nos fundimos en un beso largo, sentí estremecer su cuerpo y temblar sus manos por fin había dejado de cohibirse tanto deseo junto; nos despedimos y quedamos de vernos al siguiente día en mi departamento.

De regreso pensaba en ese beso, y en el olor tan particular que destilaba su cuerpo, y sus labios resecos signo de que llevaba sin besar algún tiempo, la podía imaginar, y en mi trayecto de regreso su rostro me invadía el pensamiento. No sé cómo el tiempo puede pasar tan rápido, el día se fue, y por primera vez no estaba preocupado en regresar a la oficina así que me dirigí a casa.

Desperté muy temprano y – joder – había soñado con ella, suena el timbre eran las ocho en punto, rápidamente lavé mi rostro me puse un americano y abrí la puerta, era mi nena, mi mujer, la hice seguir y al cerrar la puerta, como si fuese tsunami que ataca de repente me plantó un beso en los labios y me abrazó fuerte, susurrándome al odio –“Te extrañé mi amor”- me dejó perplejo, pero esa es una de las cosas que tanto hacen las mujeres, características que las unifica, el día anterior después de haberme despedido de ella, pasé por una tienda y vi un peluche de felpa que decía te amo, siendo sincero omití esa parte pero inmediatamente pensé en ella y lo compré, lo bañe en mi perfume y lo guardé para obsequiárselo luego; la veía caminar por la sala, subió con delicadeza las escaleras entró a mi habitación y procedió a sentarse en el borde de la cama, puso su bolso en la mesa de noche que había en una esquina, aún no me había dado la ducha como todas las mañanas, así que sin reparar pase hacia al baño y cogí la toalla, me quite la ropa, abrí la regadera y me duché, pude sentir como se abría la puerta detrás de mí, y vi unas pequeñas manos rodearme la espalda, sus labios se postraron en mi nuca y enseguida me giré, tome su rostro y la besé, retrocedimos sedientos de deseo sin reparar lo empapados que estábamos, me lanzó a la cama y me besó como si fuese la última vez, baje mis manos hacia sus piernas y la voltee quedando encima de ella, besé sus senos y su abdomen, acaricié su cabello y agarré fuerte sus caderas, un leve gemido sentí en mi oído, y procedí a hacerle el amor, esa mañana la hice mía, la oí gritar de placer y vi temblar sus piernas de lo excitada que se sentía, y sí era mía, ahora  podía decirle con firmeza, que ella era mi mujer. Esa mañana la sentí más humana más ella, se recostó en mi pecho exhausta, besé su frente, ese era el primero de muchos que vendrían después, ya que a ella le causaban seguridad y sentía placer al hacerlo. Fue una tarde de pláticas, sexo y música, bailamos un merengue apretaito de esos en donde el movimiento de cadera era característico y las vueltas no faltan. 

Recuerdo que la pillé viendo uno de mis libros de Nabokov, de reojo miraba uno que otro ejemplar de Nietzsche y Kafka. Era amante de la lectura y completaba sus días escribiendo una que otra historia suelta, aún sin terminar, no niego que verla leer era atractivo se sentaba cruzada de piernas en un sillón con un separador en la mano izquierda y el libro en la derecha, aún con el poco conocimiento que había adquirido, tenía un pensamiento bastante maduro, muy adulto para su edad, y era fascinante verla concentrada con una taza de café, en la ventana o en jardín, verla a ella iluminaba mi día. Pasó un año, un año lleno de viajes de experiencias buenas y malas, de enseñanzas y de aprendizajes, esas son otras historias que contaré después. 

En algún lugar del corazón se esconden las huellas que dejaron las personas que algún día logramos amar y nos marcan, y ella fue y será una de esas, porque la calma que brindaba su alma, la sonrisa que invadía mi casa de esquina a esquina, la que a escondidillas cogía mis libros y los devoraba con tanta pasión y así es era ella. Me enseñó, me cuido, me beso cada día como si fuese el último. 

Luz era su nombre y me brindó una experiencia de vida, de hecho, la de nosotros es fascinante, llena de misterio, pasión y mucho sentimiento, después escribiré el resto. Esta es solo una pequeña fracción de historia, es mi versión, pero la de mi amada es mucho más interesante, y aquí estamos desgastando páginas y recopilando momentos, pero ¡Vaya! Que momentos…

*Katherine Rivera. Amante de la lectura y psicóloga en formación. 

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