Las onces

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Sofía deja frente a mí la bebida casi sin cuidado, hay un par de gotas que caen a mi vestido rojo. Ahora siento muy en el fondo que no debí vestirme así.

Llevo muy poco en este lugar. Todo está rodeado de plantas y ancianos, es curioso que la vista cambie tanto dependiendo el estado de ánimo. Aunque la ciudad sea la misma y aún pueda ver sus hermosos atardeceres, siento que aquí puedo respirar una paz inquietante y es abrumador el cambio. Aunque la mona se vista de seda… ¿no?

Los ancianos en su particular y ya tan conocida fraternidad con el vecino, empiezan a familiarizarse con mi rostro. Me saludan, me detienen en el parque para escucharlos hablar de sus guerras, me regalan pan, etc. Puede que necesiten atención y no veo por qué no darles un último gusto.

Ayer conocí a una dulce señora luego de ir por mi desayuno. Es baja, regordeta, de pelo largo hasta la espalda con una que otra cana. Sus cejas están y no están, seguro se acostumbraron a desaparecer a lo largo de los años; ahora son solo una pequeña línea café que enmarca sus ojos caídos. Con perfume de maestra de kínder y labios rojos me abordó. Dijo que era un gusto tener nuevos y curiosos amigos en el barrio, que me sintiera como en casa. Me confesó que cuando me mudé quiso acercarse para darme la bienvenida, pero en un acto de cobardía se detuvo, hace mucho no veía rostros jóvenes por estos lares. A lo que continuó con una invitación:

-Para disculparme por no darle la bienvenida, por qué no pasa a mi casa y le hago unas “onces” en su honor.

¡Qué mujer! Su amabilidad es tanta que me siento obligada a aceptar, es curioso.

Como la ocasión lo amerita, llegada la tarde, opté por emperifollarme. Puede que sea una anciana, pero quiero que sepa que su invitación fue bien recibida y que se note mi interés. Llevo conmigo un postre que encontré en una tienda para no ser mala visita y mientras me acercaba me topé con uno de los ancianos del parque, me elogió y me dio su bendición para que dios guiara mi camino.

Al doblar la esquina, justo antes de su puerta vi a una señora con los ojos más angustiados y grandes que he visto jamás. Sentí que quería decirme algo, pero solo se quedó mirándome. Le sonreí y toqué el timbre.

Sofía es tan diferente. Claro, es una anciana, pero hay algo en el ambiente que lo envuelve todo, como si hubiera escencia de vainilla escondida en cada rincón de la casa, todo está tan bien cuidado que mientras converso con ella mis ojos tienen la necesidad de merodear cada centímetro de la sala, quiero ver si todo está en su lugar. Es tan cuidadosa de sus movimientos que hasta me dan sueño. De un momento a otro y como si hubiera decidido asustarme, sale su esposo.

-Buenas tardes- digo

No me contesta, seguro no oye muy bien.

Sofía se acerca rápidamente al comedor con unos canelazos acabados de preparar y agotada dice:

-Mirá que curioso, hoy si sales…

El señor de la casa se sentó en la mesa y la luz dejó entrever su rostro. No es lo que se diga muy contemporáneo con ella, es mucho más joven. Lleva ropa que no va con la estética del lugar, se ve sucio, desaliñado y hasta magullado.

Sofía deja frente a mí la bebida casi sin cuidado, hay un par de gotas que caen a mi vestido rojo. Ahora siento muy en el fondo que no debí vestirme así, pero lo hice… ya que.

El ambiente se volvió espeso, como si pasaran cosas tan irreales que lo ves todo entre nubes, nadie musita nada. Pasan segundos que parecen minutos sin sonido en el lugar, mi corazón me retumba en los oídos. Procedo a relajar mis músculos y mejorar el ambiente al tomar de la bebida, recuerdo que no tomo alcohol y le digo a Sofía cuando se une a la mesa:

-Oh lo siento, no puedo tomar esto…

-¿Perdón?

El joven que no había dado señales de vida en un rato la mira de reojo, yo lo sigo con la mirada y añado:

-Es que tiene aguardiente, yo no tomo.

-¿Estás embarazada?

-¿Qué? No. Solo no me gusta.

-¿Sabes qué es un canelazo?

-Si lo sé, se me había olvidado. Perdón.

-Que decepcionante. -Él intenta decir algo, pero las palabras no salen- Entras a mi casa y rechazas mi hospitalidad. La mala educación ¿no?

Nunca pensé que se tornara hostil, tan rápido, así que intenté ofrecer una rebanada de mi postre a los dueños de la mesa:

-Qué les parece – me pongo de pie- si disfrutamos de este delicioso…

Me iba a acercar al cuchillo para rebanar el ponqué, pero me grita y del susto me vuelve a sentar:

-¡DEJA ESO! ¿Crees que no me doy cuenta de lo que haces? Te meneas con tus curvas de prostituta en tu vestido ajustado frente a mi marido y yo aquí ¿como si nada?

-¿Qué? No era mi intención, yo solo quería…

-Solo querías llevarte a mi marido ¿no? Sé que ustedes han hablado, intentas apartarlo de mí.

-¿PERDÓN? No…Yo nunca lo había visto Sofía créame.

-Sofi, no –Dice el muchacho-

Sofía le da una cachetada que casi lo tumba del asiento.

-¡No te atrevas a verme la cara! Sé que la espías cuando pasa en las mañanas, sé que piensas y lo que quieres hacerle, algo que claramente no quieres hacerme ¡A mí! Sé lo que está perra y tú planean; cada que salgo ella viene y te convence de que me dejes ¿no es así? -Se acerca al cuchillo-

Pues, estoy harta. Harta de lo que planean es por eso que les propongo un trato. -Se sienta en la mesa-

Prefiero no moverme porque tengo la sensación de creer que no soy la primera en esta situación y que probablemente todo se ponga feo.

-Es evidente lo que planean y no pienso perder a un esposo por un simple capricho. Así pues, viendo las circunstancias, te quedarás aquí.

Vivirás con nosotros; serás la amante de mi esposo, lo atenderás y satisfarás todos sus caprichos, lavarás su ropa, le cocinarás hasta el momento en que quedes embarazada. Ese será tu pago. Una vez ese niño sea mío se podrán ir los dos, aunque quieran seguir con su vida, yo también necesito un esposo ¿no? Una vez me lo hagan, se largarán de aquí, si no quieren que los mate a ambos. ¿Qué dicen?

-¡ESTÁ LOCA! – Intento correr hacia la puerta, pero, con fuerza sobre humana me coge del cabello y me lanza al suelo.

De la nada él se abalanza sobre ella y con el cuchillo que visitaba por primera vez el comedor, le propina más de 10 puñaladas, se ve en su cara la sevicia que tiene guardada por más de 20 años. Cuando por fin termina me incorporo, limpio mi vestido y empiezo con lo pactado.

Sin mencionar nada, él la lleva a la habitación, le limpia las heridas, la acuesta en su cama mientras yo procedo a limpiarlo todo como estaba, boto el brebaje ese que te deja atontado por días a la coladera. Al finalizar toma la llave que dejó sin custodiar en la repisa de la puerta solo porque yo había entrado y me dijo:

-Gracias, te lo debo.

-No era como lo habíamos planeado, pero no importa, afuera está tu madre, vamos.

Él se detiene, y con una mirada fría y casi psicótica me dice:

-No, yo me quedo. Vete

*Alejandra Sánchez, comunicadora social y periodista.

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