Trump: Cosechando lo sembrado

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Para nadie es un secreto: Trump es anti-demócrata y tiene en riesgo la institucionalidad de los Estados Unidos.

Su permanente desinformación y falsas acusaciones ampliamente difundidas han dejado en entredicho el concepto mismo de verdad y relativizado su importancia. Según el Fact Checker, al 29 de mayo, el recuento es de 19,127 declaraciones falsas o engañosas en 1226 días, es decir, unas 15 diarias. Además, constantemente ha socavado los mecanismos electorales y de rendición de cuentas, degradado el discurso político, atacado a la prensa, abusado de su cargo para defenderse y enriquecer a su familia y destilado odio, intolerancia y xenofobia.

“Podría pararme en la 5a avenida, dispararle a la gente y no perdería votantes” se atrevió a afirmar Trump en la campaña de 2016. A pesar de lo ofensivo que resulta esta afirmación refleja su confianza en la fidelidad a toda prueba de ese 35% que constituye la base de su electorado. Esta cifra, en un contexto económico favorable, por el cual un buen número de republicanos apoyaron su gestión, le daba buenas opciones para su reelección.

Pero este 2020 la pandemia golpeó al globo y la respuesta del líder del país económica y militarmente más poderoso fue contradictoria, desacertada e inefectiva. Obama la calificó como un desastre caótico. En su respuesta al Covid-19, Trump dejó en evidencia la dimensión de su incompetencia y, en ese país, a principios de junio, se contaban más de 100.000 muertes, el mayor número en el mundo.

Inicialmente, Trump, con el eco de Fox News, minimizó el problema. Lo calificó de engaño, de farsa demócrata para debilitar al gobierno. Despreció a los científicos y, en desafío las más elementales proyecciones, afirmó que sólo había siete casos que desaparecerían como por arte de magia. Sin evidencia científica y sin tener en cuenta los riesgos colaterales, recomendó insistentemente el uso de la hidroxicloroquina, que afirmaba tomar. Incluso llegó a sugerir la posibilidad de inyectarse el desinfectante Lysol para combatir el virus, disparando las consultas sobre el punto en las líneas de atención y emergencia.

Su resistencia y su banalización del uso de tapabocas, recomendación de los institutos científicos estatales, se convirtieron en símbolo de la polarización política que vive Estados Unidos. Masha Gessen, autora del libro Surviving autocracy, compara la relación que la población tiene con el virus con la que tiene con Trump.

Es cierto que las consecuencias económicas de la pandemia van más allá de la responsabilidad directa del jefe del ejecutivo, quien ha tratado de posicionarse como el defensor de la economía. Pero el país vive una dramática realidad socioeconómica y las cifras de crecimiento, desempleo, pobreza y hambre son las más dramáticas del último siglo.

Los males no vienen solos y, como se temía, el discurso racista, intolerante e incendiario del presidente tuvo consecuencias y reacciones. En algunos estados, partidarios de la reelección con avisos de Abrir Ya, pancartas de Trump 2020, emblemas neonazis y fuertemente armados presionaron la apertura económica. En Michigan, estos grupos, cuando citaron por Facebook a una manifestación armados hasta los dientes, agregaron: “Necesitamos una buena y anticuada turba de linchadores para asaltar el Capitolio, arrastrar su tiránico trasero a la calle y colgarla”, refiriéndose a la Gobernadora Gretchen Whitmer, por haber dado orden de quedarse en casa.

De otro lado, el asesinato en Minnesota del afro-americano George Floyd, asfixiado por un policía blanco, rodeado de otros agentes, desató la ira e indignación contenida por buena parte de la población que ve ese tipo de acciones policíacas una enfermedad social crónica exacerbada por el discurso de supremacía blanca del presidente. Apenas terminando la cuarentena y a pesar de los llamados al distanciamiento social, la gente se volcó a las calles de ciudades a lo largo y ancho del país en contra del racismo. Las manifestaciones terminaron en revueltas y vandalismo que generan zozobra y, además, preocupan por las implicaciones que éstas puedan tener en la propagación del virus.

Cuando era necesario el liderazgo de un jefe de Estado que contribuyera a la cohesión, los trinos de Trump incitaron a la violencia. El jueves pasado ‘retwiteó’ un video en el que uno de sus seguidores decía “El único demócrata bueno es un demócrata muerto” y al día siguiente trinó “… cuando los saqueos empiezan, los disparos empiezan”, recordando a un jefe de policía segregacionista de los años sesenta, lo que se interpretó como promoción a la retaliación violenta de los manifestantes.

“Este trino violó las reglas de Twitter sobre glorificar la violencia”, señaló la compañía en un recuadro que oculta las palabras de Trump a menos que se haga clic para verlas. Fiel a su estilo, Trump reaccionó firmando una orden que podría castigar a las redes sociales por controlar su contenido. Además, el presidente ordenó a los gobernadores reprimir la protesta y prometió militarizar las ciudades.

Sus detractores rechazan el lenguaje racista e incendiario, lo representan como un payaso que actúa como rey, lo acusan de muchas de las muertes sucedidas y señalan sus responsabilidades políticas, históricas y judiciales.

Es posible que, aun así, las bases de la 5ª Avenida se mantengan cohesionadas. Pero, ante esta desoladora realidad, parecería que el 15 por ciento adicional que lo llevó a la presidencia está tomando distancia. Este panorama de enfermedad, muerte, pobreza, indignación y violencia hace poco probable la reelección. Mucho menos con Trump como símbolo del caos. Un caos que el sembró y está cosechando, pero del que podría valerse para tratar de permanecer en el poder a toda costa, incluso en contra de la voluntad popular.

*Juan Manuel Osorio, abogado experto en derechos humanos.

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