“…Y hasta aquí los deportes…¡¡País de Mierda!!”.

Este 13 de agosto se conmemora un aniversario más de la muerte del periodista Jaime Garzón. Un aniversario más en el que recordamos que el sonido de las pistolas, los revólveres y los fusiles, han sonado con más fuerza que nuestras voces y nuestros reclamos por un país más justo. Un aniversario más que nos reclama en nuestra conciencia colectiva que “ellos” lo mandaron matar, pero nosotros lo dejamos morir. Porque así fue: Lo dejamos morir. De alguna manera que el destino tenía trazada, él mismo se entregó a morir. Él sabía que lo iban a matar. Sabía que tan solo era cuestión de horas para que la orden se consumara y que el olor a plomo caliente y el retumbar de los seis balazos certeros y malditos callaran su voz, incómoda para muchos. Aun así, en medio de la certidumbre de su fatal desenlace, continuó su camino hacia el patíbulo. Aun así lo dejamos morir. Nada hicimos por evitar el destino trágico que, en múltiples ocasiones, denunció. Nos faltó valor para atender su llamado y escuchar su silente grito de auxilio, cuando insinuaba en frente de todos, con su indeleble sonrisa sin dientes, que lo iban a matar.

No tuvimos el valor de secundar su voz de denuncia cuando él más nos necesitó. Lo dejamos solo. Lo dejamos morir. Dejamos morir la voz que en tantas ocasiones intentó sin éxito hacernos recordar el país que nunca fuimos.

Imagen: El Pilón 01/10/2016

Dejamos extinguir la esperanza de encontrar las más incomodas verdades ocultas del poder, encarnada en Heriberto De La Calle, quien mientras lustraba los zapatos de las más altas personalidades de la nación, develaba entre risas y golpes sutiles en la rodilla con su cepillo de lustrar, su verdadera calaña. Con su sonrisa incompleta y su desparpajo inigualable desmantelaba las máscaras de sus invitados. Los desnudaba ante cámaras sin dejarles espacio distinto a una sonrisa vergonzante y un silencio incómodo. Por eso lo mataron. Por desnudarlos ante el país. Por develar con trágico humor sus verdaderas intenciones. Porque con su personaje inolvidable Godofredo Cínico Caspa, se atrevió a denunciar la expansión implacable de un paramilitarismo que entraba y se acomodaba en las más altas esferas del poder de un país sin dolientes.

Por eso lo mataron. Y nosotros lo vimos morir. Él sabía que lo iban a matar. Pero la real tragedia detrás de su asesinato es que todos también sabíamos de los planes que había trazado el poder oscuro que ha manejado los hilos de Colombia desde siempre, para matarlo. Siempre lo supimos. Pero lo dejamos morir.

Los medios de comunicación también le abandonaron a su suerte con su silencio ruin que raya casi en la complicidad. No existió nunca esa voz que le secundara en sus denuncias y le brindara su abrigo en los momentos más aciagos de su vida. En realidad jamás apareció ese verdadero compromiso con la verdad, por parte de muchos medios que estaban tan incomodos como los beneficiarios del poder, con las sátiras y denuncias de Jaime, de nuestro gran Jaime.

Garzón siempre fue el niño diferente que se salía de la fila y corría a su propio ritmo, esperando que alguien lo siguiera, que al menos alguien se tomara en serio lo que él decía “en broma”. Pero hoy, veinte años después de su muerte, descubrimos que nunca habló en broma, porque su trabajo y su compromiso con la paz de Colombia siempre fueron para él un asunto sagrado.

A pesar de parecer un humor fino e ingenioso, los programas y personajes del gran Jaime Garzón siempre llevaban las más altas dosis de realidad y crudeza que tal vez nunca entendimos. Tal vez muchos se quedaron con la idea de que eran simples programas y personajes de humor y jamás tuvimos la entereza de comprender la verdadera dimensión de lo que Jaime nos decía. No lo entendimos. Nunca lo hicimos. Por eso lo dejamos morir.  

Garzón al final de su vida quedó solo. Completamente solo. Por eso, en la madrugada fatídica del 13 de agosto de 1999, tan solo era cuestión y capricho del destino que ya había dictado sentencia, para que se consumaran las amenazas que en la víspera denunció como un presagio. Sólo en su camioneta, acompañado tan solo por su ingenio e inteligencia, se encontró cara a cara con la muerte y el silencio de la madrugada de un día cualquiera, quedaría invadido por el sonido lúgubre y triste de la soledad, representado en seis disparos letales y malditos. Aquella mañana murió solo, acompañado apenas por la mirada morbosa de unos cuantos testigos que nada podían hacer por evitar lo inevitable.

Tal vez murió esperando algo más de nosotros. Seguramente murió esperando algo más de Colombia. Quizá esperaba nuestra compañía que tan solo se vio reflejada en su camino al sepulcro, más por morbo que por verdadero dolor y tristeza de este país indolente. Fue la tarde de su entierro en que decidimos acompañarle y valorar su presencia, cuando ya de poco servía. Tal y como reza el viejo refrán, solo supimos que lo teníamos cuando lo perdimos para siempre.

Hoy, a veinte años de su trágica partida, lo recordamos y sentimos el peso de su ausencia; palpamos el vacío que dejó en las pantallas todas las noches con sus personajes de trágico humor y conservamos el recuerdo de haber sido uno de los pocos periodistas en tener un verdadero compromiso con la verdad y la justicia en este país de mierda.

*David Mauricio Pérez, columnista de medios digitales y cronista. Asiduo lector de libros de historia. @MauroPerez82

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