Cristina, Mauricio y el secreto de tus ojos

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Él gobernó tan mal que allanó el camino para que ella volviera; ahora parece que concentrará todo el poder real y el pobre presidente quedará cada vez más solo y denostado.

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Él busca sus ojos. Sabe que será en vano. La conoce. Ella también lo conoce. Él le aplica su mejor gesto de sarcasmo que bien combina con su vestido azul. De sastre porque es rico. Gobernó a su país por esa misma razón y por una adicional: fue presidente del Boca, del cual son hinchas la mitad pobre del país. Así son ellos, paradójicos, cultos y básicos al mismo tiempo. 

Antes de pasar al otro lado de la foto, hay que aclarar lo de siempre en este tipo de escritos: así son ellos, casi todos. Entre los dos congregan las dos mitades contrapuestas de un país que, no obstante, no se divide en dos. En medio de ellos, hay una grieta que entre los dos cavaron. Ella sabe que él la está mirando con sorna; hace dos minutos le ofreció su mano y ella se hizo la idiota. Cuando la sucedió en la presidencia, ella no le quiso dar el bastón de mando que es lo que allá se usa para entregar el poder. 

Acorralada entre la cortina de terciopelo vino tinto que, en este caso, representa la grieta y un público que uno supone afecto a él, opta por mirar un punto difuso que, calculando el asunto con buen rigor geométrico, debe estar a seis metros de la última lámpara. Había escogido para la ocasión un vestido blanco de una de las diseñadoras mundiales que usó cada vez que pudo, incluso cuando le tocó pasar una noche en las islas Seychelles, el paraíso fiscal donde guardaba, según periodistas que investigaron bien su caso, parte de la guita que, según ellos, se fue robando, primero con su marido y después con sus secuaces. Uno de ellos fue sorprendido con bolsas llenas de dólares tratando de dejarlas en un convento. Eran las tres de la mañana y las monjas, naturalmente, no le abrían. Cuando la hermana Inés se percató que era plata lo que llovía del cielo, le abrió, le ayudó a entrar los bolsos con la plata (uno supone que sonreía) y le dijo que pasara, que cómo no, que bienvenido. Si los lectores creen que esto es literatura vean, por favor el video.

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¿Cuánto tiempo pudo durar la escena de la foto? ¿Por qué mira hacia abajo el señor que está detrás del expresidente del Boca? Medio minuto, uno dos… Lo cierto es que ella parece a punto de proferir un bufido de odio. Infla sus labios y sus pómulos de adrenalina y está a punto de reventar, pero se contiene. Sabe que él lo sabe todo, por ejemplo, lo de la oficina de Puerto Madero que llamaban La Rosadita. Ahí contaban el dinero. Era tanto que tuvieron que comprar máquinas de banco para contarlos. Lo sabe él, que sigue buscando sus ojos para decirle algo, y lo sabe todo el mundo, pero ella lo niega. Vean por favor el video.

La señora está siendo procesada y, no obstante, fue elegida vicepresidenta, pero antes de que fuera la vicepresidenta, designó al que ella quería que fuera el presidente, un señor Fernández. Algo exótico, pero esas cosas suceden allí. Y se posesionaron, pero perdieron las elecciones el domingo pasado. Ella lo culpó de la derrota y renunciaron sus ministros. Entonces, se especuló con una conspiración de ella para quedarse con el poder. Él quizá entendió el gesto y nombró a los nuevos ministros: todos de ella y en eso están. En un país que, en la década del treinta, fue la quinta economía del mundo y hoy tiene un 40% de pobreza y un 50% de inflación. Las dos miradas de la foto son dos caras de una misma moneda.

Él gobernó tan mal que allanó el camino para que ella volviera; ahora parece que concentrará todo el poder real y el pobre presidente quedará cada vez más solo y denostado. De la gestión de la señora hay un documental de 50 minutos. Vale la pena que lo vean para conozcan mejor la tragedia que vive un país hermoso que merece una mejor suerte. Argentina.  

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*Manuel Guzmán Hennessey, consultor en temas de sostenibilidad, profesor de la Universidad del Rosario, Director General de Klimaforum Latinoamérica Network KLN, @GuzmanHennessey

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