Stephen Candie

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Stephen Candie de Django sin cadenas el peor verdugo de los esclavos de su misma raza

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La película de culto Django sin cadenas, de Quentin Tarantino, le da vida a Stephen Candie, un mayordomo negro, interpretado magistralmente por Samuel L Jackson, que es el peor verdugo de los esclavos de su misma raza en una plantación algodonera en el Mississippi de 1858.

Desde los albores de nuestra comprensión del entorno, todos, sin excepción, hemos conocido a alguien cuya inclinación natural es hacia la lambonería.

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¿Quién no recuerda a ese compañero de colegio, perfectamente peinado y de ademanes impostados que, además de siempre levantar la mano para ser el primero en todo (el Yoyo), llevaba un obsequio o compartía su lonchera con el profesor más detestable, prepotente y maltratador?

Lo mismo ocurre en la universidad, en donde se ve cada espécimen con ínfulas de profesional prematuro, queriendo ser el amigo de los profesores, o del decano, para no apuntar tan bajo.

¿Y qué decir del mundo laboral, en el que siempre revolotean esos seres inolvidables – muy a nuestro pesar – que son los áulicos del jefe? Son aquellos que por costumbre llegan más temprano y se quedan más tiempo del necesario.

El servilismo lo traen en el ADN. Es, quizá, la memoria genética, aún reciente, la que los lleva reverenciar al señor feudal. La desbocada fuerza de sus impulsos los arrodilla para festejar el “buen” humor del patrón, pero también para aplaudir los arrebatos de autoridad, injusticia y maltrato que su amo tenga contra los demás trabajadores.

Son los oídos y los ojos del jefecito cuando no está. Cronometran la hora de almuerzo y las entradas al baño de los otros empleados. Cuidan intereses ajenos. Y con disimulo saborean malignamente su satisfacción cuando alguien es sancionado o despedido, gracias a la eficacia de la información suministrada.

Lo peor de este enfermizo comportamiento es que no reciben nada, o casi nada a cambio; es más la satisfacción de atravesarse y no permitir que los demás accedan a lo que él tampoco. Es el gusto por estar cerca del poder sin detentarlo ni un segundo. Es sentirse perteneciente a otra clase, a otro estrato. Es creer que es reconocido, visible para una élite. Es poder tragar su hiel sin hacer gestos.

En el zoológico de nuestra realidad nacional los hemos escuchado decir, sin el menor asomo de vergüenza, que gracias a la mano dura de determinado gobierno “se pudo volver a viajar tranquilamente por carretera para ir a la finca”, aun cuando no tienen finca y, duro decirlo, difícilmente la tendrán. Estos mismos han dicho, refiriéndose a un candidato presidencial que “no se puede permitir que suba al poder porque les expropiará sus posesiones”, pero pagan arriendo y usan el transporte público. Contrasentidos como estos obedecen a un síndrome de grandeza y clasismo que no corresponden a su condición y extracción original. Siempre ponen sus ojos muy arriba.

El grueso de la población colombiana es el resultado del mestizaje, del cruce de culturas y razas y, por lo tanto, nos guste o no, descendemos de los indios; una inmensa mayoría somos hijos o nietos de campesinos. Sin embargo, creemos que, por haber tenido acceso a cierta educación, a servicios públicos, a salubridad y en general por ser partícipes del desarrollo de los tiempos modernos, eso nos da el derecho patriarcal de observarlos con desdén arribista. Eso nos hace sentirnos, sino europeos, sí cercanos de serlo. Así de patéticos somos.

El título de esta columna fue inspirado en un personaje que encarna, con lujo de detalles, todo lo comentado anteriormente. La película de culto Django sin cadenas, de Quentin Tarantino, le da vida a Stephen Candie, un mayordomo negro, interpretado magistralmente por Samuel L Jackson, que es el peor verdugo de los esclavos de su misma raza en una plantación algodonera en el Mississippi de 1858.

El enconado odio hacia sus similares y su presunción por estar “a la altura” de los blancos esclavistas de la época, por “pertenecer a”, hacen de este personaje el perfecto egoísta indolente con insaciables ansias de poder, capaz de ignorar las peores vejaciones y de pasar por encima del sufrimiento y las necesidades de los suyos. Uno de los diálogos más célebres de este largometraje es el siguiente:

—¿Ha visto, amo? ¡Ese negro tiene un caballo!

—Y… ¿tú quieres un caballo, Stephen?

—¿Pa’qué coño quiero yo un caballo? ¡Lo que quiero es que él no lo tenga!

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De la algodonera al platanal

En Colombia, cuando no se idolatra a narcotraficantes y asesinos, por sus “gestas” de sangre y dólares, se endiosa a dictadorzuelos enriquecidos y empoderados a costillas del pueblo, ese mismo pueblo que no recibe nada más migajas y que, al final de cada año obtiene, como perro fiel, un ridículo aumento en el salario mínimo. A esos trabajadores tampoco les pagan horas extras ni festivos laborados, pues el mismo tirano que enaltecen consideró que eran demasiados privilegios y que tantos “beneficios” iban en detrimento del sector empresarial.

En el presente año, el salario mínimo subió $30.723, pasó de $877.803 en 2020, a $908.526 en 2021, y el auxilio de transporte aumentó $3.600. Por su parte, los congresistas pasaron de devengar $34’417.000 a $35.621.000, es decir, mientras senadores y representantes recibieron un aumento de 1,7 millones de pesos, los trabajadores que devengan el salario mínimo recibieron apenas poco más de 30 mil pesos. El chiste se cuenta solo.

Y esto no resultaría risible si no fuera porque una inmensa mayoría aún ve en todos estos cínicos, que fungen de políticos, salidas viables y futuros posibles, como decían las abuelas, la primera por ignorancia, la segunda por experiencia y la tercera por sinvergüenza.

De sobra conocemos lo que hacen los políticos y sus secuaces quienes, a través de cargos públicos pueden acceder a la contratación estatal y con sus aliados – contratistas – redes de corrupción – se apropian de miles de millones de pesos y nada les pasa. Su impunidad está garantizada. Y lo está porque es un entramado perverso fríamente calculado. Es una pandilla organizada con roles asignados, de modo que entre ellos no se hagan daño.

A pesar de que todo esto es un secreto a voces y de que su recurrencia es descarada, la gente sigue creyéndoles y tomándose fotografías con ellos, en campaña, cuando van por lo barrios populares alzando niños famélicos y repartiendo besos fríos a gente miserable.

Con un mínimo de consciencia y de pundonor habría que exigirles, pues son funcionarios públicos: deben funcionar para el público, es decir, trabajan para nosotros, no al contrario. Su salario y lo que se roban salen de nuestros impuestos. En lugar de alabarlos, habría que despreciarlos, denunciarlos y enjuiciarlos en la picota pública, pero fundamentalmente, no elegirlos.

Carreteras que nunca se termina, puentes que se caen sin ser inaugurados, vías que jamás funcionan por los eternos derrumbes, escuelas y hospitales públicos que no pasaron de ser obra gris, conectividad que jamás llegó a los rincones del país y regiones que nunca han tenido agua son desgracias sociales que parecen no importar a la hora de entronizar a quienes nefastamente han direccionado los destinos de una nación sin memoria y dignidad.

Por el contrario, en Colombia hemos visto, más que aterrados, decepcionados, cómo un hombre negro, soslayando la trágica historia de su raza, aparece en redes sociales aplicando bloqueador solar y sobajeando la espalda de una mujer que representa, como pocos, la expropiación y la subyugación. Asimismo, una mujer negra, de las mejores atletas de la historia, en el ocaso de su carrera, sonriente se presta para ser títere de la más rancia política. Por otro lado, un ciclista de reconocimiento mundial, a todas luces de extracción indígena y campesina, guarda abyecto silencio cuando el pueblo se levanta para exigir sus derechos y, en cambio, solapadamente se congracia con el Estado represor. La lista de aduladores, lambonerías y omisiones convenientes podría ser interminable.

Y así vamos dando tumbos y aceptando resignadamente los garrotazos del buen amo. Ésta es una sociedad deshonrada, condescendiente y complaciente con los abusos de los poderosos, los mismos que aún la esclavizan. Un constante e impúdico besamanos.

De personajes y situaciones así de inverosímiles está conformada la realidad. Tristemente, en todos los ámbitos de nuestra vida siempre habrá muchos Stephen Candie y, claro, sin una banda sonora excepcional como la de Django sin cadenas.

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*Fredy René Aguilar, periodista de la Universidad Central. Especialista en política social de la Universidad Javeriana. Corrector de estilo. Desde hace más de 20 años me he desempeñado profesionalmente, tanto en el sector público como privado. @fregar11

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